Nuestros niños deben aprender que hay muchas maneras de ser humano

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Estoy convencida de que las decisiones relacionadas con cómo cada persona construye su identidad, vive su sexualidad y toma sus decisiones reproductivas son parte central de la experiencia humana. Por ello no me sorprenden las fuertes reacciones que surgieron alrededor del debate sobre los manuales de convivencia en los colegios. De hecho las marchas y contra marchas de los últimos días nos abren una oportunidad de oro para reflexionar sobre cuál es el tipo de narrativa que queremos construir como adultos y ofrecerles a nuestros niños y niñas para que aprendamos a ser individuos libres y responsables, y a relacionarnos con el otro con respeto y solidaridad.

 

Para poder hacerlo tenemos que entender que no todos los que participaron en esas marchas caben en un mismo costal y empezar por sacar de la ecuación a los fundamentalistas radicalizados, a los politiqueros oportunistas, a los manipuladores mentirosos que llegaron a pescar en río revuelto, y a quienes se quedaron pataleando en la superficie del debate y acusando de “pervertidos” a unos y de “homófobos” a otros. Al hacerlo encontramos por un lado una preocupación genuina hacia el tipo de educación que los niños van a recibir en el colegio, y por el otro el miedo a que las historias de discriminación y matoneo se sigan repitiendo y a que se ignoren las garantías constitucionales que ordenan impedirlo. Visto de esta manera podríamos pensar que las marchas y contramarchas tienen en común ser una expresión del amor convertido en miedo. El de los padres que quieren proteger a sus hijos porque los aman, y el de las personas con orientación sexual e identidad de género diversa que necesitan protección por la manera en que aman.

 

Entre estos dos intereses, ambos reales y legítimos, fue imposible encontrar un lenguaje que permitiera entablar un diálogo en caliente. Ya que los ánimos se han calmado un poco, me atrevo a proponer que todos, a pesar de nuestras diferencias, podríamos estar de acuerdo en estos tres valores: las familias, los niños y el respeto.

 

Las familias son el núcleo de la sociedad y el espacio donde los seres humanos, cuando llegamos al mundo, deberíamos encontrar una comunidad para dar y recibir afecto, respeto y solidaridad.  Todos crecemos en una familia que a veces apreciamos y otras veces resistimos. A medida que avanzamos por la vida empezamos a preguntarnos qué tipo de familia queremos formar: ¿me caso o no me caso? ¿tengo hijos o no? ¿qué tipo de relación quiero tener con mi pareja y con mis hijos? Y de esta manera el ciclo social vuelve a empezar. Para las personas con orientación sexual e identidad de género diversa la posibilidad de tener opciones para formar el tipo de familia con el que sueñan no siempre están disponibles. Así mismo, sus decisiones no siempre son respetadas.

 

Aunque tengamos una idea romántica e idealizada de la familia, la realidad es que en Colombia muchas de ellas son escenarios de violencia, abuso y frustración. ¡Cuántos niños y niñas prefirieron fugarse de su casa y dejarse reclutar por las FARC con tal de escapar del abuso constante de sus padres! ¡A cuántos adolescentes se les impone la obligación de empezar una familia como castigo porque metieron la pata! ¡Cuántas familias han normalizado que el hombre le pegue a la mujer! ¡Cuántas personas prefieren crear una familia bajo la mentira y el engaño por miedo a asumir una orientación sexual diferente! Y es por esto que debemos pensar que si las familias son el núcleo de la sociedad a todos nos interesa que nuestras relaciones familiares sean más sanas y honestas para que eso se traduzca en una sociedad menos violenta.

 

Sabemos que los niños y niñas son el futuro de la humanidad y el recurso más valioso del país, y los discursos no nos alcanzan para expresar cuánto los queremos proteger y potenciar. Sin embargo, sabemos que están expuestos a matoneo, abusos sexuales y explotación desde edades muy tempranas y que no hacemos lo suficiente como sociedad para cuidarlos y asegurarles un proyecto de vida digno. El problema se vuelve más complejo cuando las estadísticas nos confirman que los lugares donde son más vulnerables coinciden paradójicamente con aquellos donde más protegidos deberían estar: la casa, el colegio y la iglesia.  De acuerdo a las experiencias internacionales más exitosas, la mejor estrategia para protegerlos es darles herramientas para que sean ellos mismos quienes aprendan a identificar posibles casos de acoso o abuso y sepan denunciarlo a tiempo.

 

Finalmente las dos partes también coinciden en exigir respeto para sí mismas y para sus decisiones vitales más importantes. Seguramente la única cartilla que necesitemos como manual de convivencia en este país sea el artículo 1 de la Declaración Universal de Derechos Humanos que dice que todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros. ¿Podríamos acordar que lo único que deben aprender nuestros niños y niñas es que hay muchas maneras de ser humano, que ninguna es mejor que otra, que su familia ha elegido una y otras familias han elegido otras, y que a través de su vida ellos podrán tomar sus propias decisiones?

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